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01/12/2017 08:55 | Fuente: El Comercio | Categoría: Miscelaneas | Visto: 1

En lo alto de un cerro de la peligrosa zona de Huáscar, en San Juan de Lurigancho, una niña de cuatro años, en el umbral de la puerta de su casa de triplay y calamina, dice a todo el que llega que a su mamá la mataron cuando dormía. La casa es una habitación oscura, con cables de electricidad que cuelgan por el techo y en la ventana solo hay un pedazo de vidrio que no cubre por completo ese espacio.

La madrugada del jueves, la niña dormía abrazada a su mamá, Mary Almeyda, de 23 años. A los pies del mismo colchón estaba recostado Ántony Espinoza, su pareja desde hace tres meses. Exactamente a la 1.30 a.m. cuando, los tres dormían, un sicario, de baja estatura y robusto, según un testigo, metió su cabeza por ese espacio descubierto de la ventana, extendió el brazo y disparó tres veces contra Mary. Una bala le impactó y le perforó el rostro, y cayó al piso desangrando. La niña aturdida no dejaba de llorar y Antony solo atinó a salir a la calle a pedir ayuda.

Mientras Mercedes, hermana de Mary, intenta sacar con lejía las manchas de sangre del piso, a pocos centímetros, la niña de cuatro años juega con sus colores en ese mismo lugar. “Vete más allá, hijita. Anda, juega afuera”, le dice su tía, que rompe en llanto cada vez que un amigo o familiar llega a darle el pésame.

Ántony está sentado en una silla con la mirada pegada a su celular. Dice que estaba ilusionado porque Mary esperaba un hijo suyo, tenía un mes de embarazo, pero, agrega, que no pudo hacer nada para evitar su muerte. “Hace tres meses nos conocimos por Facebook. Ella trabajaba eventualmente como recicladora. Era madre soltera”, comenta. Él es vendedor ambulante de zapatillas, en el Centro de Lima.

Además de la niña de cuatro años, Mary tenía otras dos hijas, de 8 años y 1 año. Estas últimas estaban con sus abuelos paternos desde hacía un par de días. La casa de Mary es precaria, pero cuenta con artefactos casi nuevos que llaman mucho la atención: un microondas, un TV LCD, un equipo de sonido, una lavadora y un refrigerador.

“Todo eso se lo compró su anterior pareja, que está en el penal de Piedras Gordas”, comentan algunos de sus parientes. Se refieren a Freddy Chuquillanqui, quien se ha convertido en el principal sospecho de haber contratado al sicario para que la asesine desde la ventana. Está recluido en la cárcel por el delito de robo agravado hace cinco meses.

¿Sicariato extendido?

Mary y Freddy habían tenido un año de relación amorosa. Las hijas de ella lo llamaban “papá” sin ser él el padre biológico de ninguna de ellas. En julio de este año su convivencia se interrumpió porque él fue internado en el penal Ancón I. Ella lo iba a visitar casi todos los fines de semana a la cárcel, hasta que conoció a Ántony. Decidió distanciarse y romper el vínculo con Freddy. “Cuando él se enteró que salía con otro muchacho, la amenazó de muerte, ella me lo comentó, pero no le hacía caso, creía que nunca le haría daño porque estaba encerrado en la cárcel”, dice Mercedes, quien pide garantías para su vida y para su familia.

La hermana de Mary también comenta que el preso llamaba siempre desde un número de celular a su hermana y que en una ocasión ella también habló con él. “Yo le dije que haga su vida, que era una persona mayor, tiene 39 años, que se preocupe por sus hijos que tiene con otras mujeres”, dice.

El Instituto Nacional Penitenciario (INPE) no se ha pronunciado sobre el presunto uso de un celular dentro de Ancón I, un penal que cuenta con bloqueadores de celulares y que deben funcionar al 100%.

Un agente que investiga el crimen de Mary asegura que la efectividad de los bloqueadores no existe al 100% y que en San Juan de Lurigancho el sicariato se está extendiendo. “Tenemos que cruzar información, indagar, hacer peritajes. Vamos a investigar a fondo”, añade.

Hace unas semanas El Comercio informó que cuatro sujetos habían pagado a sicarios para matar a sus ex parejas, en el Callao. En dos de los casos las órdenes provinieron de los penales.

En el 2015, el entonces ministro del Interior, Daniel Urrestri resaltaba que el sicariato era un perverso sistema de venganza entre organizaciones criminales, pero que no afectaba a la mayoría de la sociedad. Pero, después de haberse reportado estos últimos casos, ¿se podría decir que el sicariato se está extendiendo a otras esferas más allá de las bandas?

“Fui uno de los primeros en refutar al ministro Urrestri cuando dijo eso del sicariato. Este problema se viene advirtiendo desde hace más de 10 años, pero nadie está haciendo nada”, resalta ex director general de la Policía Nacional del Perú, general (r) Luis Montoya. El policía agrega que hace más falta labor de Inteligencia y prevención.

Por su parte, el Ministerio de la Mujer está brindando apoyo psicológico a la niña que vio morir a su mamá y a sus dos hermanas.



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